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Crónica de Mérida, Venezuela... ¡Enfermera, enfermera por favor!

Relatos de Luciano Toledo para DMN.

 

Después de esta historia (entre sueros y sondas) puedo comprobar, no intuitiva sino empíricamente, que el sistema de salud venezolano, además de gratuito, es paciente y tolerante. Por habernos soportado más de un día y no mandarnos a la mismísima mierda.

En la parada de El Arenal, subiendo a la cooperativa, me lo crucé al Zurdo que bajaba a la ciudad:

-Ahí en la montaña los pibes encontraron tres hongos del tamaño de una mano. Parece que pegan. Estaban por comer.

Mérida, ciudad andina de picos nevados, está rodeada de pueblitos, caseríos montañeses. En los alrededores de la casa y hacía arriba de la montaña hay potreros con vacas y cebúes, y el clima de lluvia y sol permanente hace crecer a los hongos de la bosta. Algunos son alucinógenos, otros no.

Llegué y comí algunos trozos que flotaban en una jarra con agua panela. Me tiré a leer. Me olvidé. A la media hora Miyagui, que estaba acostado dentro de una carpa, dijo:

-Tengo mucha saliva, como ganas de vomitar

-Sí, yo también – dijo Drope, el malandro caraqueño

Seguí leyendo sin prestarles atención. Habíamos consumido los hongos como una droga, una más, y no cómo una conexión natural. No sentía síntomas narcóticos ni tóxicos. Me dormí. Las arcadas desde el patio me despertaron. Al asomarme por la ventana vi a Pedro, Miyagui y Juan que estaban vomitando bajo un árbol. Yo había sido de los últimos en comer. Al toque me vinieron ganas y corrí hacia afuera. A los tres primeros se habían sumado otros cuatro. Éramos ocho vomitando en coro. Los que no habían consumido se cagaban de risa. Nosotros no. Sabíamos que había algo malo, que venía un mambo feo. Y nos apretábamos la panza tirados en la tierra. Y a cada vómito le seguía otro y otro. Y vino la bilis y después la sangre, y el cagazo.

 

Los pibes abandonaron la risa y como enfermeros voluntarios nos levantaron. Bajamos hasta el camino, necesitábamos llegar a la sala ambulatoria que estaba a unos mil metros. Frenó una camioneta, no entrábamos, pero llevaba detrás enganchada una tolva para transportar chanchos. Subimos todos. Los ocho, deshidratados, perdidos y sin fuerza, más otros tres que nos arreaban. Nos desplomamos entre la bosta de chancho, vomitándonos entre nosotros. Llegamos y los pocos médicos y enfermeras de la salita, se espantaron. Se vieron desbordados. No había camillas para todos, ni insumos. Juntamos lo que teníamos de plata y pagamos tres taxis al precio de dos.

- Al hospital Sor Juana de la Cruz- dijo Carlos y el taxista además de no obedecer puteaba por tener que llevarnos. Quería proteger el tapizado y miraba al cielo al grito de “¿Que hice para merecer esto?”. Nos quiso negar la ayuda, pero terminó accediendo después de un apriete humanista.

Media hora de curva y contracurva. Largaba todo en una toalla y al mirar veía coagulitos de sangre sobre el algodón. Se me vencía la cabeza y desvariaba. Me imaginaba en lugares que no estaba. Por momentos me creí yendo en avión, cruzando la selva. Marcos me movía, trataba de despabilarme y me hablaba. No recuerdo cómo, pero llegamos al hospital. Cuando entré en razón estaba sobre una camilla, con un suero y una enfermera, pasante, que me agitaba del brazo y quería saber mi nombre. Le pedí un balde, un tacho, algo donde vomitar. No tenía fuerza para hablarle.

- Sabía que esto iba a ser malo, la puta madre -dijo Miyagui entre arcadas.

-Su nombre dígame, joven, por favor – me dijo la enfermera y comencé a temblar, sentía mucho frío y transpiraba. Me tapé con la bambalina de tela que separaba las camillas. Y al levantarla vi a mi lado a Juan, con los ojos cerrados se apretaba la panza. Le seguía Nehuén, Yoni, Miyagui, David, Drope y enfrente, entre un borracho y una viejita estaba el Gochán. Una enfermera para cada uno, y una pasante, curiosa, teníamos al pie de la camilla.

- ¿Tiene segundo nombre, Luciano? ¿Tienes hijos?¿Donde viven su padres? Por favor, me podría decir qué comió ayer

- Arroz, arepas…

-¿Y anteayer?

- Arroz, arepas…

Las preguntas eran muchas, y algunas muy estúpidas. Queríamos saber que iban a hacer con nosotros. Pero el toxicólogo no estaba. Una hora después, apareció:

-Necesito el hongo que consumieron para saber cómo tratarlos- dijo y empezó a darle órdenes a las enfermeras que le corrían detrás y anotaban todo. Mandaron a buscar los restos, los metió en una bolsita y lo mandó al laboratorio: Amanita 5to grado. Contenía cinco sustancias tóxicas…

- Les ponen una sonda a cada uno. Y les limpian con carbono activo y sal exon. Tiene que ser en tres dosis – ordenó el toxicólogo – nos vemos mañana – agregó. Dando por sentado que íbamos a pasar la noche en la comodidad de la camilla con una sonda entrándonos por la nariz hasta el estómago.

Empezaron por Pedro. “Trague, trague” le decía la enfermera y a Drope se le caían las lágrimas y apretaba las sábanas. Yo era el último. Desde mi posición tenía el panorama hasta el final del cuarto. Separados por bambalinas veía las cabezas asomadas, con los tubos de oxigeno, los sueros y las enfermeras. Uno a uno fueron levantado la cabeza y entre dolor, lágrimas y gritos soportaron el plástico que parecía arrastrar la nariz hacia la garganta. Yoni se resistió. Se lo arrancó, volvieron a intentarlo y se calmó. Yo estaba mal dispuesto, no dispuesto en verdad. Mentalmente sabía y no quería soportar a la sonda toda la noche. Pero aparecieron dos enfermeras:

- Cabeza hacia arriba – dijo una mientras la otra me sujetaba de los hombros – cuando le digo que trague, usted traga, ¿me entendió?

Miré hacia arriba, hacia la luz blanca hospitalaria y cerré los ojos. Al sentir el plástico bajándome por la garganta hice arcadas y me lo arranqué. Volvieron a intentarlo. Accedí. Me lo quité otra vez.

-Usted se perjudica. Todos se van a curar, menos usted – me dijo seria una de las enfermeras y se alejó a hablar con el cuerpo de doctores, camilleros y policías que rondaban por la sala de urgencias. Volvió al rato:

-Se lo tenemos que colocar si o si. Ellos me van a colaborar

La escoltaban un camillero, el empleado de seguridad y otra enfermera. Puse toda la voluntad que tenía, que no era mucha y volví a tirar la cabeza hacia atrás. Pero al sentir nuevamente el plástico que quemaba mi garganta, los empujé a todos y lo arranqué sacándome sangre de la nariz. Me dejaron solo. Los pibes me cagaban a pedo. Era el único, cagón, que no podía ni quería ponerse la sonda. Volví a dormirme. Me despertó un enfermero con vendas en las manos diciendo que “colabore” que me iba a “sujetar” a la cama. No entré en razón, no mostré resistencia inicial por el calmante que me habían metido por el suero. Tal vez lo lograba y todo iba a terminar. Pero fue para peor.

Cuando me vi inmovilizado de pies y manos, me desesperé. Estaba atado. El de seguridad me sostenía de los hombros, el camillero del abdomen y dos enfermeras intentaban ponerme la sonda a la fuerza. Me resistí por completo, sin querer le pegué un cabezazo al policía y desistieron. Estaba exaltado y sin aire. Me pusieron oxígeno y no lograba tranquilizarme. A gritos pedía que me desaten, pero hacían oídos sordos. Grité. Les grité a los pibes que me ayuden, pero estaban rendidos. Con la nariz hinchada, flacos, pálidos y sin fuerzas. En mi porfiada razón flotaba la esperanza de que exista otra forma de limpiarme el estómago, pero no dejaba de vomitar. Me calmé, me desataron. Se acercó la enfermera otra vez. Le pedí perdón. No me escuchó y dijo:

- Se va a tener que tomar, por vía oral, el carbono y las sales

Desperté de madrugada. Caminé hasta el baño con el suero en la mano. Los pibes se empezaron a reír, como podían. Apretándose la nariz y la panza. Se reían de mi aspecto. Me colgaban vendas de las manos y las piernas, las arrastraba entre los trozos de gasa que me habían puesto para no herirme las muñecas y los tobillos. Tenía una remera que horas antes había sido blanca. Y el pelo revuelto y la barba de un mes. Caminé lento, apoyado a las cosas. Miré el reloj y marcaba las cuatro de la mañana. A las seis tenía que ingerir las primeras dosis. Intenté dormir.

 

Los vómitos y las nauseas se habían ido. Los sueros nos habían hidratado. Aunque estábamos silenciados por los medicamentos que entraban por vía venosa, repentinamente, Nehuén empezó a gritar. Es que los pibes llevaban diez horas con la sonda puesta y solo les habían pasado una dosis de carbono:

-¡Enfermera, la puta madre, sáqueme esto! – pegaba alaridos estirando palabras, le daba golpes a la camilla y buscaba sacarse la cinta que le recubría la nariz para quitarse la sonda.

Las enfermeras no paraban bola. Seguían en la suya. Una dormía, la otra jugaba al solitario y dirigiéndose al resto, dijo:

-Díganle que no nos grite, que no nos grite. Que pida por favor.

Amaneció y una médica se presentó ante mí. Sostenía un plástico cortado como un vaso con un líquido negro y barroso dentro:

- Es el carbono, lo tiene que ingerir

Sabía a agua de mar con tierra, con pedazos de carbón que se quedaban entre mis dientes. Confiaba en que si lo pasaba sin vomitar, era fija que estaba bien. De a tragos lo fui tomando, entre chistes. Mientras al resto de los pibes le proporcionaban otras dosis por la sonda.

Ya de mañana nos sentíamos mejor. Habíamos recuperado el humor y las palabras. Drope era el único que no hablaba, no podía. Sentía que la sonda le quemaba cada vez que intentaba emitir sonido. Empezaron a salir a la luz los piropos y baboseos a las enfermeras más jóvenes, que se prendían en el juego del boqueo. La “buena salud” se hacía manifiesta y de a poco fuimos ranchándoles la sala. Pasábamos de camilla en camilla, inquietos, con sed, con ganas de irnos de ahí cuanto antes.

Pero faltaban pruebas de sangre, de orina, dosis de sales, carbonos y burocracia hospitalaria que iba rumbo a Caracas. Llegó el toxicólogo, ya más relajado:

- A ver si averiguan que consumen la próxima y evitamos lo vivido

En cierto punto nos sentíamos culpables, porque lo éramos. Habíamos consumido hongos de mala manera, boludamente. Y además ocupábamos ocho camillas (media sala).

Terminamos el tratamiento, tomé tres vasos más: salados, agrios y terrosos, le quitaron la sonda a los pibes, que volvieron a respirar libremente, y quedamos a disposición del toxicólogo que nos dio las últimas recomendaciones. Lo escuchamos atentamente, era cuento sabido. No comer frituras, no tomar alcohol, etc. Después nos dio una clase, escueta, sobre el aspecto de los hongos alucinógenos y los que no, sus efectos en el cuerpo, en el cerebro. Nos estrechó la mano con empatía (para nosotros el doctor había sido un hippie delirante que veinte años atrás caminaba por la montaña probando cuanta plantita se cruzase) y se marchó.

- Ahora se bañan que les vamos a dar de comer – nos dijo una enfermera marcándonos la puerta del baño

Chicha de arroz, sopa y galletitas. Limpitos y sonrientes comimos rememorando la locura vivida en un día. Desde el agua de panela, hasta los vómitos con sangre y el culo de las enfermeras.

- Vieron, les dije que era malo ese hongo – volvió a decir Miyagui

Terminamos de comer y nos llamó todo el cuerpo médico. Y, como en tantos lugares (bichitos extraños), nos tomaron una foto. Una de las enfermeras, me dijo:

- Y esto no es una cárcel, como dijo joven, es un hospital

Eso les había gritado cuando estaba atado. Pero no lo recordaba en absoluto.

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